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lunes, 23 de septiembre de 2013

Carlos Ríos: "Cada poema es el último que voy a escribir"

por Milena Bertolino

Carlos Ríos (Santa Teresita, Buenos Aires, 1967) parece un hombre atrapado en la espesura de los follajes de su barrio. Crespones, fresnos, plátanos, un laurel. Me entero luego que La Plata es una de las ciudades con calles más arboladas del país. Y me pregunto si el paisaje de las fotos de Carlos es lo que él elige enfocar o lo que inevitablemente lo circunda. Carlos  vive en La Plata hace algo más de dos años. Previamente vivió: 1 año y medio en Santa Teresita, 7 años en Puebla (México), 15 en la Plata y antes, desde que nació hasta que se fue a La Plata, en su Santa Teresita natal.
En esta nota Carlos Rios, de una curiosidad rapaz, nos cuenta entre otras cosas que le gusta leer  "manuales, instructivos, textos efímeros como los producidos por el periodismo escrito, entrevistas a personajes que no le interesan a nadie". Además nos comparte un fragmento de su relato El artista sanitario (2012).

—¿Qué lectura (texto, película, música) o experiencia te llevó a escribir poesía? ¿Qué gatilló el poema? ¿Qué edad tenías? ¿Provenías de un ambiente familiarizado con la poesía o la literatura? 
—Lectura: el Baudelaire de los Poemas en prosa, especialmente “El mal vidriero”. Experiencia: la vida de pueblo. A los trece años escribí un poema sobre cómo vivir en paz entre dragones. Crecí en un ambiente poético, lejos de los poemas.


—¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Tenés un método, un horario, un lugar? ¿Te acompañás con lecturas? 
—Quisiera responder con una respuesta que di en el año 2008, cuando vivía en México, en el blog La infancia del procedimiento. En líneas generales, continúa vigente.

“Escribo generalmente con ruido alrededor, en el trabajo. Después releo cuando estoy más tranquilo, durante la noche o la mañana bien temprano, casi siempre escuchando música. Por lo general, trabajo en la computadora. No soy de tomar notas. Trato de memorizar algo que por cualquier razón no deja de interesarme. A veces pasan días hasta que escribo esa idea o suceso en un archivo de texto.

“Me gusta arrancar sin programa y ver cómo se arma cierto sistema o su desestabilización. Más que investigar, saqueo cualquier texto escrito y traslado piezas sueltas a mi laboratorio íntimo. Casi siempre sin plan, sin una búsqueda organizada de antemano. Me gusta leer manuales, instructivos, textos efímeros como los producidos por el periodismo escrito, entrevistas a personajes que no le interesan a nadie."
 

“Dejo descansar libros, no poemas sueltos. Trato de escribir varios poemas con un mismo aliento, y no paro para revisar. Ese tirón puede durar de uno a tres meses. Después, más que corregir, acomodo. En el corte de verso vigilo el dibujo sinuoso que va armándose. Si ese trazo no me convence, cambio palabras mientras percibo cuál es la resistencia del poema. Si no hay arreglo, borro y voy a la página siguiente."

“Siempre hay más imágenes e historias que música. Armo collages y los trabajo hasta lograr una materia homogénea. Me gusta atrapar materiales diversos y someterlos a un proceso de disección que culmina cuando la primera versión se vuelve irreconocible. Cada poema es el último que voy a escribir. Paso largas temporadas en las que la poesía existe sólo cuando la leo.”

—¿Quién, de entre los invitados del festival, te gustaría que te lea? ¿Cómo es tu relación con el festival? 
—Me gustaría ser leído y escuchado por todos, claro. En tren de elegir, me quedo con Taja Kramberger, en principio por una cuestión de máxima distancia y desconocimiento. Mi relación con el Festival fue, hasta ahora, la que tiene cualquier espectador súper atento y silencioso. 

—¿Contra qué o contra quién escribís? ¿Qué autor de la contemporaneidad te parece sobrevaluado? 
—Escribo contra mi buena letra. Respecto a los autores sobrevaluados, todo sucede tan rápido que hasta la sobrevaluación se vive como un acento efímero, muchas veces en los bordes de lo marginal. 

—¿Cuál fue "el" momento poético que hayas vivido en las últimas horas? 
La lectura de la lista de Paul Kirchhoff sobre los rasgos comunes entre los pueblos mesoamericanos. A modo de ejemplo, van algunos puntos de esa lista:

15. turbantes.

16. sandalias con talones.

29. días de buen o mal agüero.

32. sacrificio de codornices.

34. ciertas formas de autosacrificio.

35. juego del volador.

36. trece como número ritual.

37. una serie de deidades, como Tláloc, por ejemplo.

38. concepto de varios ultramundos y de un difícil viaje hacia ellos.

39. beber el agua en que se lavó al pariente muerto.

40. mercados especializados o subdivididos según especialidades.

41. mercaderes que son a la vez espías. 

—¿Qué libro o autor contemporáneo recomendarías? 
—Todos. Hay que leer todo. 

—¿Qué es lo que más te sorprendió encontrar al buscar tu nombre en Google?—Compartir la lista de páginas con un narco, un boxeador, un artista plástico, un director técnico y un gobernador marítimo. Y también me sorprendió que nadie se haya ensañado con mis libros o conmigo. 

—¿Cómo ha influido tu actividad a cargo de talleres de lectura y escritura en tu forma de pensar/relacionarte con la literatura? En cuanto a tu experiencia coordinando talleres literarios en cárceles. ¿Qué creés que puede dejarle el contacto con la literatura a una persona que se encuentra presa? 
—El taller te sitúa en una zona de trabajo permanente, de literatura siempre a punto de concretarse o fracasar y de lecturas inestables, en estado de renovación y revisión obligatorias. Me gusta pensar en la “atención flotante” de la que hablaba Héctor Libertella, el método de la lectura en tensión con “la resistencia de materiales del grupo”. En el caso de los talleres que coordino en las cárceles, podría invertir la pregunta -porque es fácil imaginar los efectos de la circulación de literatura en un espacio cercado y en continua vigilancia- y pensar lo contrario, qué puede dejarle a la literatura el contacto con alguien privado de su libertad. En este punto, me gustaría ampliar la respuesta con un fragmento de mi relato El artista sanitario.

“Una vez al mes, el artista sanitario acude a la cárcel de Nøtterøy donde reside el maestro de su amigo que dibuja animales en la Florencia del Elba, hasta que la crisis nerviosa se diluya.

“Sentado en la piedra, con una bola de hierro atada a su pie derecho, el maestro introduce su cabeza en una bolsa de tela oscura y consume el aceto que le proporciona el artista sanitario. Luego establecen un diálogo donde se privilegian, por íntimas, las señas: maneras de sobrellevar la reclusión.

“El maestro: un espectador natural de los paisajes. Con una capacidad inigualable para desmontar estereotipos. Si bien dejó de pintar hace décadas, el hábito de la observación incisiva persiste en él como una extraña fijación, acrecentada por el encierro en un complejo adherido al fiordo de Torbjørnskjær.

“El artista sanitario dialoga con el prisionero y al salir de la cárcel escribe una carta a su amigo que resiste en la Florencia del Elba, en la que describe de manera minuciosa los animales narrados por el hombre.

“Su amigo pinta a partir de esos relatos de segunda mano”. 


 
Algunos poemas inéditos de Carlos Ríos
Su cuento Eugenides.

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