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lunes, 29 de septiembre de 2014

Curaduría a la carta

por Anaclara Pugliese
Trasnoche en Bienvenida Casandra, en el XXI FIPR. Foto de Micaela Pertuzzo.


—Yo escribo para los muertos.

El pasillo de Bienvenida Casandra que algunos llaman patio se hace cada vez más largo. Contra las dos paredes, chicos y chicas hablan cara a cara, enfrentados, casi siempre, de poesía. Para llegar al baño, al final del pasillo, uno tiene que pasar por entre las conversaciones. Es sábado y son las dos de la madrugada de la última trasnoche del 22º Festival Internacional de Poesía de Rosario. 

Mientras parada en el escenario una chica se hace con el micrófono abierto y lee poemas de sexo sin amor, en el pasillo un chico de anteojos de marco negro con un vaso de cerveza vacío en la mano dice que la verdadera poesía está muerta.

Hace un rato leyeron Pablo Fidalgo Lareo (España), Osvaldo Aguirre (Rosario), Caterina Scicchitano (Mar del Plata), Christian Kent (Paraguay) y Luis Eduardo García (México). Osvaldo leyó poemas de caballos, de sulquis, y su voz fue aplanando cada vez más, pisando fuerte, la tierra llana y polvorienta de la pampa.

Adentro, ahora, el ventilador amurado a la pared gira y mueve alternativamente las lámparas de plástico que cuelgan del techo, hechas de coladores de fideos. El encargado del bar dice que ayer se terminó la joda cuando un vecino tiró al pasillo un balde de agua: aparentemente el murmullo fuerte no lo dejaba dormir. Dice que tipo doce anduvo Fabián Casas por la vereda, que iba y venía y miraba para adentro, pero aunque tenía que leer hoy, no entró.

En una banqueta, en la barra, se acaba de sentar Glaem Parls.  Es la primera vez que está lejos de su país, República Dominicana. Ayer, en la lectura del Fontanarrosa, sobre el escenario, seguro de sí, sacó un desodorante y dibujó cosas en el aire con agua y gas después de gritar, a viva voz, sin micrófono, “Acto vandálico I”. Ahora mira fijo los dos ojos cerrados de una chica, mientras apoya sus negras palmas sobre las dos palmas abiertas, extendidas, de mujer. 


Desde el escenario llega la imagen de un pibe con pelo a lo Jim Morrison y el cuello de la remera blanca, mangas cortas, muy estirado. Tiene expresión de paz. Ya nadie escucha.

—Voy a leer porque me gusta. Y para mis hermanos—dice. Cualquiera puede ser mi hermano.

El mozo va y viene entre las mesas semivacías, y entrecorta la imagen que nos llega del chico, haciendo ruido a vidrio con vasos de trago largo cuando los junta en sus manos, poniendo solo un dedo adentro de cada uno.

—“La poesía es un animal salvaje”… —empieza a leer y el cuello de la remera casi le deja un hombro descubierto.

Glaen le dicta a la chica “Yerba buena… arroz… agua”, con intervalos de silencio; ella escribe en un papelito chico. “Te bañas en el sol, desnuda, con eso”. Cerca de ellos, en una banqueta, solo, el seguridad del bar los mira.

—“La poesía es un animal salvaje”—concluye el chico—“el que puede estallar y seguir vivo…”

Afuera los vasos se amontonaron con restos de cerveza caliente, apoyados en las piedras de las ventanas. El mozo quizás vaya y venga varias veces. Adentro, casi no hay gente. El chico, en el escenario, empieza a leer otro poema: “Sentir…/ abrite…./ sentir…/ abrite…./ llegá…. vida”. Las rayas de luz que se salen de los coladores de plástico amarillo se proyectan, libres ahora, sobre las paredes.

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